PRÓLOGO
Amanecía
otro día en Cerno, Pilo, él guardia de turno, fue hasta la torre
vigía para proteger el pueblo en caso de que algún enemigo del
reino apareciera, aunque como él bien sabía, ningún enemigo iba a
aparecer, llevaban varios años sin atacar y creía imposible que los
enemigos se hayan fortificado tanto como para intentar otro ataque.
Por el
camino se encontró con Peva, la chica que le gustaba desde hace
tiempo, pero a la que nunca le había declarado lo que sentía. Esa
mañana estaba más radiante que nunca, nada mas verla no pudo evitar
sonrojarse.
-Hola
Pilo -Dijo ella tímidamente y sonrojándose también-. ¿Qué tal
estás hoy?
-Bien
Peva -Le contesto sonriendo- ¿Y tú?
-Bien...
-Bueno
nos vemos, que tengo que vigilar -Dicho eso le dio la espalda se
alejo un poco antes de volver a girarse a ella-. ¡Eh Peva! -Gritó
Pilo-. Veras... Hace tiempo que llevo queriendo decirte algo, pero
nunca he sido capaz de decírtelo... ¿Te... gustaría salir conmigo?
-Dijo incapaz de mirarla a la cara-.
El
rostro de Peva se iluminó por completo. Ella también quería
decírselo desde hacer tiempo, pero al igual que él se veía incapaz
de contárselo.
-¡Si!
Claro que quiero -Gritó en medio del pueblo y se abalanzó hacía
él-.
Pilo
la recibió con buen agrado y la beso, el beso fue tal como se lo
había imaginado cuando estaba solo. Era la primera pareja que tenía
y se sentía muy feliz, en aquel momento sintió que si moría,
moriría muy feliz en los brazos de la mujer que amaba. Pero no
murió, y tampoco podía estar en los brazos de ella, tenía que ir a
la torre y cumplir con su deber.
-Me
has hecho muy feliz Peva, pero tengo que ir a vigilar... Nos vemos
cuando termine mi turno -Dicho eso se volvió a dar la vuelta de
nuevo y se fue a la torre-.
Tras
unos minutos llegó a lo alto de la torre y echó un vistazo al
pueblo para ver si divisaba a Peva. La vio en la plaza del pueblo,
cerca de la fuente donde se erigía una estatua del antiguo rey que
había muerto dieciocho años atrás, en la guerra contra los
nebianos. Se quedo mirándola hasta que ella se percató de que la
esta observando, entonces ella le miró y le sonrió, hasta que
alguien fue corriendo hasta ella y señalaba al puerto. Pilo cada vez
veía a más gente corriendo y huyendo, hasta que comprendió porque
lo hacían.
En el
puerto se concentraba una flota de barcos nebianos, Pilo no
comprendía como no los había visto llegar, ya que los nebianos eran
unos salvajes que siempre hacían el mayor ruido posible para saber
que se estaban acercando para matarlos a todos. Algo en ellos habían
cambiado, tenían barcos diferentes, armaduras diferentes y hasta
habían cambiado las armas rudimentarias que llevaban antes, pero sin
duda eran nebianos, con su aspecto pálido y de brazos anchos.
Enseguida
el pueblo estaba lleno de enemigos, donde estaban matando a todos los
habitantes. Sin perder más tiempo, Pilo encendió la gran hoguera
que daría la alarma a las demás torres vigías y enviarían
refuerzos para combatir a las fuerzas enemigas. Acto seguido cogió
el arco y el carcaj y empezó a disparar a los nebianos, pero las
flechas rebotaban en sus relucientes armaduras, así que apuntó al
cuello donde estaban desprotegidos.
Tras
matar a unos cuantos se acordó de Peva, bajó el arco y la buscó
con la mirada, la vio corriendo y a salvo, hasta que una flecha silbó
en el aire y le atravesó el hombro cayendo al suelo. Pilo siguió
la trayectoria de la flecha y vio a un nebiano sin casco, con un arco
en la mano y una amplia sonrisa en la cara. Inmediatamente Pilo
levantó el arco y le disparó, pero la flecha solo le rozo la cara
dejándole una herida en la cara. El nebiano se fijó en él y le
señaló, dando la orden de que lo mataran.
Una
flecha le alcanzó en el brazo. Retrocedió unos pasos pero volvió a
levantar el arco para acabar con el nebiano que había disparado a la
chica que le había pedido salir ese mismo día, pero las fuerzas le
fallaron y la flecha solo voló unos pocos metros. Una flecha le
acertó en el pecho. Pilo estaba aturdido, sabía que aquel era su
fin. Se dio la vuelta con la intención de sentarse y esperar a que
todo pasara. Otra flecha se le clavó en la espalda. No aguantó más,
se tambaleo, intentó mantenerse en pie, pero cayó de la torre, el
suelo cada vez estaba mas cerca de él. Echó un último vistazo al
pueblo. Vio a Peva en el suelo y sangrando. Vio a sus amigos y
vecinos muertos. Las casas y tiendas ardiendo. Por último vio a lo
lejos una tropa aliada acercándose a caballo. No vio nada más, el
suelo ya lo había recibido. Ahora solo yacía su cuerpo en un charco
de sangre.
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